¡SAL DE TU ZONA DE CONFORT!

 

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Tal como reza el título de este nuevo post, te propongo que le pongas ganas a tu vida y que salgas de un salto de tu zona de confort. Pero, obviamente, como sé que no vas a seguirme ciegamente sin saber muy bien qué dejas atrás y hacia dónde te diriges, vamos a empezar por el principio:

 

¿Qué es la zona de confort?

La zona de confort está formada por todo lo que nos resulta familiar. Puede ser nuestro barrio, el súper al que siempre vamos y del que conocemos cada uno de sus pasillos, los cuatro amigos con los que habitualmente tomamos la caña del viernes, nuestro trabajo desde hace 5 años, etc.… Es decir, la zona de confort es TODO lo que nos resulta conocido, son nuestros hábitos y costumbres. Engloba tanto lo que nos gusta (la comida de nuestro restaurante favorito, el partido del domingo en el bar), como lo que nos disgusta (nuestro jefe, los atascos para ir a trabajar).

 

¿Por qué nos gusta estar en nuestra zona de confort?

Nuestros genes (y como no, nuestra educación) nos han acondicionado para evitar las amenazas que puedan atentar contra nuestra existencia. Inconscientemente estamos buscando en todo momento permanecer en la zona de confort, ¿por qué? Porque ahí nos encontramos a salvo, seguros y no sentimos miedo. La ansiedad es neutral y estamos cómodos, relajados. Dominamos las actividades que hacemos en la zona de confort, conocemos al detalle los lugares. Sabemos que podremos afrontar las exigencias que presenta el medio sin ningún problema.
Por ejemplo, en el trabajo que desempeñas desde hace 6 años, conoces perfectamente cualquier imprevisto que pueda surgir (que se atasque la impresora, que te soliciten con urgencia tal factura…) Siempre puede ocurrir algo que te obligue a ponerte en guardia (una inspección de trabajo, por ejemplo) pero sabes que esto es bastante improbable que ocurra. Por lo demás manejas casi al 100% cualquier situación que se dé durante tu jornada laboral.

 

Cómo saber si estás dentro de tu zona de confort.

 

En la zona de confort es todo bastante ordinario y rutinario. Casi podrías hacer tus actividades diarias con los ojos cerrados, como si fueras un pequeño robot. Por eso, en ocasiones, no es fácil ser consciente de que tu vida transcurre casi exclusivamente en la zona cómoda. Te propongo una serie de “síntomas” que te van a ayudar a reconocer si vives anclado en tu zona de confort:

 

  •  Crees que nada puede mejorar tu situación: te has vuelto un conformista.
  • Consideras que has alcanzado todas tus metas.
  •  Te apetece hacer algo nuevo, diferente, pero no lo haces por una serie de razones que para ti son muy legítimas: por ejemplo, quieres aprender inglés pero crees que no puedes sacar 2 horas a la semana de tu apretada jornada laboral.
  •  Aceptas tus limitaciones (o lo que tú consideras limitaciones) sin cuestionarlas: siguiendo con el ejemplo del idioma, justificas que finalmente decides no aprender inglés porque sabes que será una pérdida completa de tiempo porque en el instituto eras un inepto en esa asignatura.
  •  Explicas y justificas continuamente los motivos por los que sigues así. Estás continuamente dando explicaciones a tus amigos y familia de por qué sigues en tu trabajo pese a estar completamente amargado (la crisis, no hay trabajo…).
  •  Te quejas, vives anclado en la queja permanente pero no haces nada para conseguir mejorar la situación. Desahogarse de vez en cuando está bien, pero si la queja no nos conduce a intentar buscar soluciones alternativas, será quejarse por quejarse.
  •  Consideras que no tienes la capacidad necesaria para aprovechar alguna oportunidad que se te presenta: la oferta de trabajo de tus sueños aparece en un portal de empleo pero piden cierto nivel de inglés. Tú desechas la idea de apuntarte porque previamente ya habías decidido que eras un completo inepto con el inglés.

 

 ¿Cómo podemos salir de nuestra zona de confort?

 

Salir de la zona de confort conlleva experimentar, crear nuevos hábitos y expandir tus límites; con límites no me refiero sólo a los geográficos, sino también a los mentales, que es dónde en realidad está tu zona de confort.
Tú percibes una realidad del mundo totalmente subjetiva: es la tuya. Por esta razón lo que a ti te puede parecer tan sencillo como coser y cantar (por ejemplo conducir) a otros nos aterra y lo consideramos sólo para personas hábiles, como Fernando Alonso. Con esto quiero decir que cuándo te plantees hacer algo que te obligue a sacar la patita fuera de tu zona de confort y te sientas inseguro piensa que probablemente esa limitación te la hayas auto-impuesto (por ejemplo, puede que en realidad yo sea como Fernando Alonso, lo que pasa es que aún no me he atrevido a aprender a conducir un coche).
Empieza por algo sencillo e intenta hacer cada día algo nuevo. Desde probar una comida diferente; aprender una nueva postura de yoga; correr cada día unos metros más que el anterior; apuntarte a clases de pintura o inglés, o cualquier cosa que te motive y apetezca hacer desde hace tiempo pero nunca te has sentido preparado para hacerlo.
Puedes alejarte cada vez más de tu zona segura y emprender grandes proyectos: viajar a países desconocidos, cambiar de trabajo, mudarte de ciudad.
Yo salí de mi zona de confort cambiando de peluquería. Igual te parece algo sencillo y vano, pero para mí fue una decisión muy importante. El tema peluquería siempre me estresó, porque la mayoría de peluqueras tienen la mala manía de hacer lo que les apetezca con tu pelo. Sin respetar el clásico: “córtame solo un dedo”, o “yo quiero esto”. Desde niña mis interacciones con las peluqueras fueron bastante terroríficas. En mi adultez encontré, por fin, a una que respetaba mis decisiones pero animándome también a experimentar. Estaba contenta. Pero creo que ella también se acomodó en su zona de confort y empezó a hacerme cortes cada vez menos trabajados, por lo que yo empecé a salir, otra vez, frustrada de la peluquería. Me pasé meses así, yendo cada dos meses a cortarme el pelo (lo malo de tenerlo corto) sin ganas y claramente descontenta. Pero no me planteaba cambiar porque realmente me producía pánico pensarlo. Sentía terror de ir a otra peluquera que no respetara mis ideas y me hiciera un corte de pelo que me horrorizara. Ya conoces el dicho: “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”.
Finalmente, reuní el valor suficiente y decidí probar en otra peluquería. El resultado fue bueno. Al salir me sentía pletórica habiendo sido capaz de salir de mi zona de confort. Desde ese momento se sucedieron más, y más salidas de zona de confort. Me presenté al PIR (con más pena que gloria) y a su vez esta experiencia me hizo ser consciente de lo que quería hacer en la vida y de lo que me hacía feliz.
Le di una patada, literalmente, a mi zona de confort y dejé mi trabajo indefinido para ser psicoterapeuta. Entré de lleno en la zona de pánico. ¿Quién dijo miedo? Sí amigos, sentí toneladas de miedo al tomar la decisión. Por desgracia, las bolas mágicas de las pitonisas no funcionan así que nadie puede decirte si esa decisión te llevará por el buen camino. Decidirás con miedo, inseguridad. Te plantearás preguntas (basadas en el miedo) del tipo: ¿y si sale mal? ¿Fracasaré totalmente y me quedaré en la calle? ¿Qué pensará mi familia? ¿Me verán como a una irresponsable?
Yo también luché con todas esas cuestiones, y también lidié con la opinión que muchas personas se toman la libertad de darte. En este momento se da una pugna entre todos esos miedos y la motivación que sientes por dar el cambio. Si gana la motivación estarás expandiendo cada vez más tu zona de confort. Lo que significa que estarás creciendo y desarrollándote como persona. Aceptando las situaciones que puedan ocurrir (tanto positivas como negativas) y aprendiendo de ellas.

A partir de ahí está la zona mágica, en la que se abre un abanico infinito de posibilidades.

 

¿Y tú, te animas a salir de tu zona de confort?

 

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