El miedo a la dicha

 

EL TEMOR A LA DICHA

 

Foto de un niño disfrutando enormemente de un día de playa (la foto la saqué con mi cámara lomográfica, de ahí que la veas algo desenfocada y con un color particular. Adoro lo retro).

 Mi transición, casi automática y en cuestión de segundos, de la felicidad al miedo, ¿cómo es posible? 

Ayer fue un día normal de mi vida, vida también absolutamente normal. Soy una persona más de este increíblemente mundo, y en realidad me gusta ser una persona más, me produce una sensación de comunidad muy reconfortante.

Ayer, en mi día totalmente normal, salí de la consulta cuando terminé la sesión con el último cliente de la tarde. Realmente bajo las escaleras de manera totalmente contraria a la que “predico” en la intimidad de la consulta: desciendo los escalones sin ser consciente de lo que realmente estoy haciendo, mi yo entero todavía sigue en la consulta. Mi cuerpo y mi cabeza están tan absorbidos por la sesión que acabo de vivir que no puedo atender a algo tan secundario como las escaleras. Ha sido una sesión intensa, dura, profunda, pero también reconfortante y esclarecedora. Frases que resuenan, palabras que sobresalen sobre otras. 

Al salir del centro comienzo el camino a mi casa, me cruzo con personas que no recuerdo, que probablemente veo pero no miro. Mis sentidos y mi atención consiguen volver al momento presente justo cuando llego al paso de peatones: ahí mi parte más primitiva, la que me alerta de los posibles peligros, me obliga a detenerme y a esperar a que el semáforo cambia de color (yo soy de las que esperan a que el semáforo me dé el visto bueno, aunque en ese momento no estén circulando coches. Soy así, cumplo las normas).

Cuando me veo forzada a detenerme, mi cabeza también deja a un lado todas esas palabras dichas hace solo unos minutos en la intimidad de la consulta, entonces de pronto se abre la compuerta de mis emociones. Me comienzo a sentir tremendamente a gusto, feliz, contenta, satisfecha, con la maravillosa sensación de tener un propósito. Me siento conectada con el mundo, con las personas, aunque esté plantada sola en el maldito semáforo. Me siento más cerca de ser más humana, más cerca de…SER. Creo que esa es la palabra, ser.

Siento todas estas maravillosas sensaciones y emociones dentro de mí, y me percibo más ligera físicamente, como si mis músculos se hubiesen descontracturado y finalmente se sintiesen libres. Supongo que de ahí viene la imagen popular de la levitación cuando alguien consigue obtener esa paz mental cuando medita, porque realmente tu cuerpo siente claramente  esa pérdida del peso que supone la preocupación, de una forma casi literal.

Pero en décimas de segunda, y antes de que el semáforo cambie a verde, comienzo a sentir temor. Me pregunto de dónde sale este maldito temor. No lo sé, ahora mismo solo puedo sentir. Siento miedo, temor, inseguridad. Puedo sentir como todo mi cuerpo se vuelve a tensar, se está preparando, ¿pero para qué? Solo estoy esperando a que el semáforo cambie a verde y así poder retomar mi camino a casa. Nada ha ocurrido para que este miedo aparezca.

En medio de la confusión, las emociones que siento relacionan este momento con otros momentos pasados. Distintos parajes, distintas situaciones, distintas personas, pero se repite la misma secuencia: me encuentro viviendo momentos de auténtica dicha, y acto seguido todo se tiñe de un negro  tan negro como la noche. El miedo empieza a ser cada vez más potente y termina por llevarse muy lejos la dicha que hasta hace un momento estaba sintiendo.

El semáforo cambia y retomo mi vuelta a casa. El temor comienza a descender, pero no hay rastro de la dicha, ¿cómo es posible? Ha desaparecido en cuestión de segundos de mi vida. ¡Maldita sea!

Mientras camino recuerdo un capítulo del libro de Brené Brown, el poder de la vulnerabilidad. En ese capítulo Brené  habla sobre el temor a la dicha. Comienzo a encajar las piezas, lo que ahora mismo estaba sientiendo es temor a que esta felicidad se esfume y no tenga la posibilidad de volver a sentirla. ¡Oh dios, algo tan bueno no puede desaparecer para siempre de mi vida!

Nuestros antepasados llevan años preparándose para que ahora  nuestro organismo aprenda a predecir, controlar y tratar de aniquilar peligros. Estamos más preparados para sentir miedo que felicidad.

Cuando el miedo aparece trata de advertirme que la dicha no va a durar, o que no será suficiente y la transición hacia la decepción será demasiado dolorosa. Es decir, si me entrego a la dicha, me tengo que preparar para el desengaño que vendrá de manera posterior, irremediablemente.

Además, ¿en serio me merezco sentir esta dicha? ¿Por qué soy yo la afortunada persona en la Tierra que ahora mismo es merecedora de vivir esta tremenda dicha? Tantas personas rotas por el dolor y el sufrimiento, ¿y a mí me toca la felicidad? No es posible. Algo va mal. Seguro que mi siguiente vivencia va a ser tremendamente dolorosa.

Es mejor comenzar a preparase YA para hacer frente al dolor. Olvida la dicha, Goretti.

¿Qué ocurre durante el resto del camino? Reflexiono, pienso, y agradezco haber desarrollado la habilidad de reconocer y aceptar mis propias emociones. Sin esa habilidad probablemente me hubiera quedado atascada en el miedo, como en tiempos no tan pasados. Me felicito por haber trabajado en mí misma para poder mirar más allá.

Acepto que la secuencia dicha-temor es una herencia en cierto modo, una especie de alarma automática de mi organismo. Pero no voy a dejar que la alarma permanezca activada, así que de modo totalmente consciente e intencional decido apagarla.

Para hacerlo, echo mano de un valor tremendamente valioso y del que todos disponemos: la gratitud.  Agradezco enormemente a la vida tener la posibilidad de haber sentido esa dicha, es maravilloso poder haberla sentido tan plenamente, aunque fuera solo por un breve periodo de tiempo. Agradezco poder trabajar como psicóloga, y tener la posibilidad de llenarme de amor y de humanidad cada día. Agradezco poder haberme sentido tan, tan humana aunque solo fuera por unos segundos.

Tras  este ejercicio de gratitud, me digo a mi yo futuro que la próxima vez que vuelva a sentir esa dicha me permitiré sentirla plenamente, con todos mis sentidos. Me prometo a mi misma que la próxima vez simplemente trataré de abrazar la dicha.

 

Confesiones: soy una simple psicóloga.

Confesiones: soy una simple psicóloga.

 

Hola, me llamo Goretti y estoy sufriendo un bloqueo blogil.

 

Soy como Peggy en esta foto:, miro al vacío tratando de buscar inspiración...pero nada.

Soy como Peggy en esta foto: miro al vacío, tratando de buscar inspiración…pero nada.

 

    Hace ya un tiempo (cuando digo tiempo quiero decir meses) que no publico ningún post nuevo.  Lo cierto es que he estado ocupada con la consulta, proyectos, el verano, vivir… Para ser sinceros, en realidad estoy teniendo una época de “sequía blogil”. No se me ocurre de qué escribir, lo que se me ocurre no lo considero lo suficientemente bueno y lo cierto es que escribir (entendido como el acto de ordenar mis ideas, estructurarlas y darles narrativa) me cuesta infinitamente. Es decir, adoro escribir (como ya revelé enseñándote mis diarios), pero a ese nivel: personal, sólo para mí. Pero escribir para  las miles de personas que me leen (ejem), está a otro nivel y me resulta, como decirlo, complicado. Complicado porque requiere  que cuide mucho qué digo y cómo lo digo.  Y a un nivel más práctico, considero que no tengo demasiada facilidad para escribir cosas que puedan resultar vistosas y atractivas a tus ojos.

Lo cierto es que cada día que pasa sin escribir un post nuevo lo siento como una condena. A ver, estoy exagerando, vale. Sigo viviendo tan ricamente.  Pero lo que sí tengo claro es que cuanto más tiempo transcurre  más me alejo de conseguirlo. ¿Te suena esto, verdad? Y cuánto más me cuesta, peor me siento, y más culpa añado a la mochila que llevo en mi espalda. Y como la mochila está ya a punto de romperse,  he decido vaciarla. ¿Cuál  considero es la mejor manera de vaciarla? Aireando mi propio  “bloqueo blogil”, intentando aceptarlo y contándote qué intento hacer para superarlo.

Me voy a lanzar y a confesarte una debilidad que me acompaña desde que recuerdo y que probablemente sea una de las razones por las que no escriba tantos posts como me gustaría: soy muy  exigente conmigo misma. Demasiado perfeccionista. Dudo siempre de si lo que hago está lo suficientemente bien hecho.  Traducido al plano laboral, esto me convierte en una profesional “desconfiada”. ¿Qué trato de decir? Pues que siempre estoy en continuo movimiento, tratando de ser mejor psicóloga. Esta exigencia me impulsa a realizar un trabajo fuera de la consulta importante. Es decir, que me consume mucho tiempo y recursos. Esta auto exigencia provoca que en no pocas ocasiones dedique horas de mi tiempo a investigar “que hay de nuevo en la psicología”, como denomino yo al momento en el que me siento delante del ordenador a empaparme de revistas de psicología, artículos académicos, de opinión, etc. Es decir, que intento, constantemente, estar actualizada.

Esta situación, he de confesar, en no pocas ocasiones provoca que me estrese de manera considerable.  En un mundo infinito, como es internet, plagado de información sin filtro, de miles de páginas en las que cada uno explica y defiende su estilo y sus técnicas, uno puede llegar a tener la sensación de que no sabe nada de nada, y de que es un auténtico fraude.  ¡Oh, dios, es terrible!

Cuando esto me pasa, comienzo a cerrar ventanas, me bajo del carro de la multi-información, pongo los pies  literalmente en la tierra, dejo que ésta soporte mi peso y me digo: ¡a ver, es que soy una simple psicóloga! Algo tan simple, pero a la vez tan simbólico, me ayuda a centrarme y a no enredarme en la ansiedad y la frustración. Porque lo único que consigo es cuestionarme a mi misma y a mi trabajo.

El mundo digital es maravilloso, y me confieso adicta e incapaz de vivir sin él. Pero lo cierto es que también puede crear confusión e desinformación.  Te lo explico más detalladamente: yo nací en los 80´s, y me defino como “analodigital”, es decir, parte de mi vida la viví sin Internet, pero un buen día, a finales de los 90´s irrumpió en mi vida. Cuando estudié la carrera, todavía no teníamos los ahora imprescindibles Smartphone, y ni siquiera podíamos permitirnos tener internet en el piso que compartía con otros estudiantes.

Por lo tanto, la información que recibía y asimilaba era la que me proporcionaba  la facultad y los libros (y si nos remontamos a tiempo atrás, ¡¡las enciclopedias!!)

 ¿Qué haces  hoy en día para buscar información cuando la necesitas? Pues simplemente abres Google y tecleas. Yo le llamo Doctor google (¡hola, hipocondría!). El problema es que las páginas que aparecen como referentes para resolver tus dudas no han sido filtradas (más allá del SEO), es decir, que si yo escribo un artículo sobre cómo  hacer de manera adecuada sentadillas y lo posiciono correctamente a través del SEO posiblemente llegues a él si estás buscando esa información. Pero, ¿soy yo la persona adecuada para enseñarte cómo hacer sentadillas? Obviamente no, porque soy una ignorante absoluta de este tema.

Ahí voy, porque cuando tú buscas información sobre algo en libros, o revistas especializadas, tienes la garantía de que esa información ha sido filtrada, trabajada y validada. Pero, en el ciberespacio todo esto resulta más complicado.

 

¿Qué he estado haciendo para intentar curar mi bloqueo?

Durante mi sequía bloggil y como modo de encontrar cierta iluminación, me dediqué a ver blogs, blogs y más blogs relacionados con la salud/bienestar psicológico. Te puedo asegurar que he visto montones, tanto en inglés como en español. Lejos de curar mi sequía, creo que la he agravado,  porque estoy tremendamente horrorizada de lo que he visto. A ver, matizo, hay blogs muy serios de profesionales que intentan ayudarte a que consigas solucionar problemas por los que estés pasando. Genial, vamos. Pero la inmensa mayoría son blogs de personas no cualificadas (pero nada, nada cualificadas), que han pasado por situaciones personales (crisis personales, duelos, rupturas de pareja, despidos laborales) las cuales superaron  y que han visto negocio en ello. Entonces se dedican a vender esos servicios a través de la red.

Pero, tengo que confesar que antes de llegar al momento horrorizarme, pasé por un periodo de envidia pura y dura. Sí lo, admito. Me sentí un poco pequeña en la blogosfera.  Todas esas páginas tan bien diseñadas, en las que la gente aparece increíblemente feliz, con ese aire de superación en la cara. Dispuestos ahora a ayudarte a ti que superes ese miedo, ese no sé qué que te impide avanzar. Sentí que no estaba siguiendo el camino correcto, porque admito abiertamente que desconozco que es el tapping, el  briefing, no sé constelar, y,  lo siento, pero no soy capaz de arreglar tus problemas en dos días y jamás te voy a decir que tienes que hacer esto o lo otro para ser feliz.

Tras superar esa secuencia de envidia-horror, volvía  a la tierra. Al mundo real, tangible, con sus sonidos, sus olores y sensaciones. Volví al “soy una simple psicóloga”, a interiorizarlo, asimilarlo y a intentar conseguir que sea suficiente para mí. Concluí que mi trabajo es la psicoterapia, y a su vez es mi herramienta de trabajo. No tengo recetas mágicas, no sé qué necesitas sin casi hablar contigo, no tengo el decálogo de soluciones en función de si quieres cambiar tu vida, dejar tu trabajo o irte a vivir a la India.

 

Un poco de luz: qué quiero que sea mi blog

Todas  estas visitas a blogs y todos esos sentimientos y pensamientos encontrados  que me ha generado, no ha sido en balde. De todo se aprende, hasta de mi bloqueo virtual.  Porque en realidad me han ayudado a tener claro lo que NO quiero que sea mi blog, y en consecuencia lo que yo no quiero ser como profesional:

  -Un dispensario de recetas para solucionar tus problemas. Dónde escoges la receta a si quieres dejar tu trabajo, o coges la receta b si quieres dejar de sentir ansiedad.

– Un lugar en el que yo me muestre como la única persona, y más preparada para solucionar tu problema.      

 – Un lugar en el que valido fórmulas que me auto invento para solucionar tus problemas.

– Un lugar en el que mi experiencia personal sea el único camino que guíe tu propio camino.

– Un lugar en el que muestre técnicas que no están aprobadas como terapéuticas, y que las vende como la panacea para resolver tus problemas.

 

Lo que sí quiero  que mi blog transmita es mi reflejo como profesional y como persona. Como psicólogo mi trabajo se basa en ayudarte a encontrar tus propias soluciones, que son las que valen. Las que tú tienes en la recámara y ya has aplicado antes, o las que crees que serán buenas soluciones pero aún no te has atrevido a llevar a cabo. Y si no encajas en ninguna de esas dos, te ayudo a que te inventes soluciones nuevas,  que se acoplen a ti perfectamente (como si de un traje a medida se tratase).

Como profesional te garantizo que siempre trataré tus problemas con el mayor de los respectos, por lo tanto siempre bucearé en mi formación como psicóloga para encontrar el recurso adecuado para ti, y si eso no es suficiente, buscaré más recursos en libros, artículos o en supervisores.

Como persona quiero que mi blog refleje mi  autenticidad, honestidad y humildad. Mi capacidad de reír y de buscar el lado bueno de las cosas menos buenas. Mi prudencia y mi capacidad de ser paciente. Mi deseo, honesto y sincero, de acompañarte y de empoderarte para que seas lo que deseas.

 

Desconozco si este post va a suponer el fin de mi bloqueo, lo que sí sé es que me ha ayudado a redefenir qué tipo de profesional y persona quiero ser.

¡Feliz semana a tod@s!

 

 

Esclavos de la vida sana

 

 

ESCLAVOS DE LA VIDA SANA

 

Ingenua de mí, hasta hace poco tiempo yo creía que llevaba una vida relativamente sana.  Estaba bastante segura de que mi alimentación era equilibrada, de que me mantenía dentro de un peso saludable y que vivía más o menos lejos de vicios tóxicos (tabaco, alcohol).

En resumen, me definía como una persona completamente sana. Pero, desde hace un tiempo, esta percepción ha ido cambiando tan despacio que casi no me he dado ni cuenta.  Paralelamente, se ha  ido produciendo un cambio cualitativo en las publicaciones de las diferentes redes sociales que utilizo. Poco a poco, un pequeño demonio (a quién me imagino vestido con ropa de deporte y con unos  bíceps y un six pack increíblemente desarrollados) se ha colado en mi cabeza y no deja de decirme que lo que hago no es suficiente. Quiere más. Y yo me siento obligada a darle más, me siento obligada a convertirme en una persona ULTRA SANA.

Desconozco si esto es exclusivamente fruto de mi percepción, si así lo crees, te reto a que hagas un repaso de todas tus redes sociales: facebook, twiter, instagram, blogs, y busques fotos, mensajes o cualquier otra cosa que haga referencia a comerte una comida grasienta y con gran aporte calórico. Complicado, ¿verdad?  Lo que anteriormente era cool (tirarte en el sofá para ver una película y comerte, de paso, una buena cantidad de chucherías y de comida basura) ahora se asocia a personas, por decirlo de manera educada, poco sanas.

Mis redes sociales se han llenado, literalmente, de todo tipo de fotos de comida ultra sana. Que si el café verde es mejor que el tostado, que si la quinoa, que si las algas, que si hay que introducir más tofu, quitar el trigo, la leche ni olerla, la carne sólo en Navidad y fiestas de guardar, etc.… Consiguiendo hacerme dudar de si mi ensalada de toda la vida es lo suficientemente sana. ¿Se puede dudar de si una ensalada completa es lo suficientemente saludable? Pues en mi caso, así es.

La obsesión por la comida sana ha pasado de limitarse a ir a comer de cuando en vez a un japonés, a meterse de lleno en nuestra nevera, afectando  y cuestionando los  pilares básicos de nuestra alimentación.

A este paso el chándal se convertirá en nuestro mono de trabajo.

A este paso el chándal se convertirá en nuestro mono de trabajo.

Pero, la vida sana, obviamente, no se reduce a la alimentación. Otro punto importante es el deporte.  EL DEPORTE. Los malditos (perdón) workouts por todas partes. Ya no vale con estar relativamente delgado, ahora hay que estar fuerte y duro como una roca para poder mostrarlo a través de Instagram.

Personalmente no dejo de asombrarme de cómo hemos conseguido pasar de tener que hacer un esfuerzo enorme para salir a correr un par de veces a la semana, a organizar nuestra vida diaria en torno a la hora de ir al gimnasio. ¿Os habéis fijado en que ahora las personas dedican sus fines de semana (su tiempo libre) a practicar deporte? ¡Es increíble! Y la industria lo sabe, y cada vez nos proporciona todo más diversificado y especializado.  Ya no es suficiente con tener un chándal y unas zapatillas de deporte con los que podrías tanto ir a correr, como hacer mountainbike. No, no, ahora tienes que tener una indumentaria y accesorios para cada cosa, así que mejor céntrate en un deporte y conviértete en un auténtico friki del mismo.

Yo no soy una persona muy activa en cuanto al deporte se refiere. Practiqué natación buena parte de mi vida, pero por prescripción médica (el fin era conseguir enderezar mi  torcida columna vertebral). Es cierto que nadar me gusta, pero nunca lo suficiente para practicarlo más a menudo. En mi vida adulta he intentado hacer otros deportes, sin éxito alguno. No consigo encontrar la motivación para convertirlo en un hábito, además de que creo que la genética no me ha dotado con buenas cualidades físicas. La única actividad que he conseguido hacer durante años sin parar y disfrutando al mismo tiempo, es yoga, pero creo que no se puede considerar deporte. O a lo mejor estoy equivocada y en realidad soy una super deportista. 

Nadie  me dice que me sentaría bien hacer más deporte, esa historia ya me la sé yo. Pero percibo cierto tono de: ¿cómo no te sientes mal sin hacer deporte? ¿En serio te consideras una persona sana y activa?

Está claro que está de moda ser saludable, pero no el saludable que toda la vida hemos entendido, sino un saludable llevado a al extremo. Es decir, hasta ahora estar sano lo interpretábamos como estar libre de enfermedades, y para eso lo mejor era beber o fumar poco y  comer equilibradamente. Pero ahora estar sano es llevar un estilo de vida saludable.

A veces creo que tras la idea de llevar este maravilloso estilo de vida saludable, a través del que tenemos (o eso creemos) absoluto control, se esconde la creencia de que así nos tocará, en cierta manera, una vida larga, muy larga, y feliz. La cuestión es: ¿estás haciendo lo correcto? Si la respuesta es afirmativa entonces  serás premiado con una vida dilatada, libre de enfermedades y con un aspecto maravilloso.  Vamos, un chollo, ¿verdad?

La cuestión que quiero señalar es que yo, en ciertos momentos, me siento culpable. Culpable por no estar haciendo más por cuidarme, por no preocuparme más de la procedencia de la comida que como. Por no estar más pendiente de introducir en mis comidas diarias esos alimentos súper sanos de los que tanto se hablan ¿De dónde creo que sale ese sentimiento de culpa? Te lo explico: tiempo atrás el estilo de vida saludable era una recomendación, se limitaba a una serie de consejos que pululaban en nuestro día a día. Pero desde hace un tiempo, estas recomendaciones se han convertido, en cierto modo, en obligaciones. Es decir, la falta de autocuidado ha comenzado a verse como una especie de crimen contra uno mismo. Supongo que habrás oído en alguna ocasión frases culpabilizadoras hacia personas fumadoras que ahora tienen cáncer de pulmón. O hacia una persona con sobrepeso que ha sufrido un infarto de miocardio. El clásico: “bueno, él se lo ha buscado” .

Aunque pueda parecer lo contrario, yo también defiendo vivir de manera saludable, pero sin convertirnos en esclavos de la misma. Respetando siempre el poder de elección que cada uno de nosotros tenemos, desde la libertad y sin juicios por parte de los demás. Desconozco si algún día conseguiré practicar deporte de manera regular, pero lo que sí hago ya es criticarme menos y aceptarme más, con mi sedentarismo incluido. Si durante dos semanas consigo salir a correr me felicito por ello, pero si las dos siguientes no lo hago, lo acepto. Sin culpa. Si durante unos días consigo comer las  famosas 5 raciones de fruta y verdura al día, genial, pero si un día me apetecen patatas fritas me las como y las disfruto. A lo mejor no voy a vivir esa vida larga de que la antes hablaba, pero la que viva lo haré desde el amor y respeto hacia mí misma.

Los problemas derivados del mito del amor romántico.

¿Fueron felices y comieron perdices?

 

Cuando comencé a desarrollar la idea de escribir un post sobre el gran mito del amor romántico, de forma casi inmediata volvió al presente un recuerdo de mi época universitaria. Varias de mis amigas y yo estábamos reunidas tomando algo y tratando de arreglar un poco  nuestras vidas, como solíamos hacer. Cuando de pronto surgió la idea de cuán perturbada estaba nuestra visión del amor romántico como consecuencia de la influencia ejercida por la cultura y el entorno.  Todas estábamos de acuerdo con la idea de que el modelo de amor que nos intentaron inculcar no era el más adecuado para desarrollar una relación amorosa saludable y desde la que pudiéramos crecer. Antes de llegar a esa conclusión la mayoría de nosotras habíamos vivido relaciones amorosas que terminaron en un fracaso absoluto en parte debido a esa amalgama de ideas y creencias que han convivido con nosotras desde la infancia.  Pero lo que más nos molestaba es que todas esas ideas no nos permitían vivir una relación desde la libertad, el respeto y el apego mutuo.

Porque, es el momento: echemos un poco la vista atrás y hagamos memoria. En mi caso, tengo 31 años, soy mujer y he crecido en un entorno de lo más normativo. ¿Qué influencias he recibido sobre el amor romántico? Desde bien pequeña me bombardearon con todo tipo de cuentos y películas cuya idea principal era la siguiente: chico y chica se conocen (bueno más bien sería chico salva o libera a chica) se enamoran y viven felices para siempre. Para ser más exactos el cuento o película termina con el “felices para siempre”, pero en realidad yo solo alcanzaba a ver el “felices de ahora” porque no me mostraban qué pasaba con esa pareja dentro de 20 años. ¿Seguían juntos?, ¿vivían eternamente una vida compartida sin problemas?, ¿se atrajeron toda la vida? Esas cuestiones no importaban, la idea  trasmitida y que definitivamente ya había calado en mí era que ese estado de felicidad como consecuencia del amor sería para siempre (mec, error).

Con el germen de esta idea del amor romántico totalmente idealizado, llegas a la adolescencia. ¡Oh, dios mío! A la revolución hormonal le sumamos una idea totalmente irreal del amor. Ahora es cuando llegan todos tus referentes juveniles. No me avergüenza (bueno, en realidad sí me da pudor) reconocer que a mis tempranos 12 -14 años lloraba escuchando a Alejandro Sanz, a Laura Pausini y su “se fue, se fue”, o viendo películas como Dirty Dancing y Pretty Woman ( y su renovado cuento de Disney: príncipe salva a princesa). Teniendo en cuenta todo esto, el totalmente lógico que mi diario de esa época estuviera cargado de grandes frases del tipo: ¡oh, si fulanito no me hace caso, ya no podré vivir más!

 Estos referentes culturales se han ido modificando a lo largo del tiempo, es decir, ahora hay otros ídolos musicales, otros cuentos, y otras películas. Pero lo que se ha mantenido inamovible es la falsa concepción del amor romántico (después te explico los que considero los mitos del amor romántico, un poco de paciencia 😉 ).

Desde que trabajo en la consulta, muchas de mis clientas son de edades comprendidas entre 15-20 años.  Es decir, son los “nuevos jóvenes”. Me encanta trabajar con ellas (lo siento si hablo en femenino, pero me estoy ciñendo a la más estricta realidad), porque adoro esa época de la vida tan llena de posibilidades; pero hay algo que me alarma enormemente: compruebo en no pocas ocasiones como, en parejas muy jóvenes, el  control, el machismo e incluso la violencia se cuela a través de esas creencias sobre el amor romántico.  

Te pongo un ejemplo para que comprendas un poco a qué me refiero.  En una relación la chica justifica e incluso disfruta de los celos de su pareja, entiende que esa actitud le confirma que él está enamorado de ella, de hecho, que no hubiera celos le haría desconfiar. Otro ejemplo, tras una ruptura, la chica se siente culpable por no haber cedido más, por no haberse esforzado más en complacer a su pareja. Cuando oigo creencias de este tipo siento, os lo prometo, un dolor intenso en el corazón. Siento que estoy viviendo una pesadilla, en la que el entorno y nosotros estamos disfrazados del futuro, pero en realidad todavía vivimos en el pasado.  

La cuestión no es que yo lo vea en consulta, si no que los estudios dicen que se está produciendo una involución en la libertad femenina, o por lo menos no la evolución que sería deseable (puedes leer informes de diferentes entidades que alarman de la creciente violencia machista entre los jóvenes). Entonces, ¿cómo es posible que esto esté ocurriendo pleno siglo XXI, con los grandes avances que se han producido en nuestra sociedad?

Está claro que la ciencia y la tecnología avanzan más rápido de lo que lo hacen nuestros referentes culturales. Y lamentablemente, la cultura todavía está cargada de grandes estereotipos. Es a través de esta cultura por donde se cuelan mitos sobre el amor  romántico que nos impiden vivir una relación de manera saludable. El amor lo vivimos en función de lo que aprendemos, el que estamos aprendiendo se aleja bastante de lo que es en la realidad.

Es el momento, ahora te voy a nombrar y explicar brevemente los mitos del amor romántico que todavía imperan en nuestra sociedad. Estos mitos no mes lo inventé yo, si no que fueron seleccionados como resultado de una investigación de DetectaAndalucía.

feminismos-san-valentin

 GRUPO 1 de mitos de AMOR ROMÁNTICO: “El amor todo lo puede”.

  • Falacia de cambio por amor: esto es creer que tu pareja cambiará algo por el simple hecho de quererte.
  •  Mito de la omnipotencia del amor: vamos, que el amor puede con todas las dificultades, trampas y pruebas que se le presenten (es algo así como Superman).
  •  Normalización del conflicto
  • Creencia en que los polos opuestos se atraen y entienden mejor: un clásico, ¿no crees?
  •  Mito de la compatibilidad del amor y el maltrato.
  • Creencia en que el amor “verdadero” lo perdona/aguanta todo.

 

GRUPO 2 de mitos de AMOR ROMÁNTICO: “El amor verdadero predestinado”.

Entramos en el grupo de los mitos más peliculeros, en el sentido literal. Muchas películas basan sus argumentos en estos mitos.

  • Mito de la “media naranja”: desde bien pequeños nos hacen creen que por ahí existe una persona  a la que algún día encontraremos y que con ella nos sentiremos completos.
  •  Mito de la complementariedad.
  • Razonamiento emocional.
  •  Creencia en que sólo hay un amor “verdadero” en la vida: conciénciate, sólo vivirás un amor verdadero, los demás son falsos, no son auténticos.
  •  Mito de la perdurabilidad, pasión eterna o equivalencia. Este también es gracioso, ¿de verdad las personas se creen que la pasión inicial dura toda la vida?

 

GRUPO 3 de mitos de AMOR ROMÁNTICO: “El amor es lo más importante y requiere entrega total”

  • Falacia del emparejamiento y conversión del amor de pareja en el centro y la referencia de la existencia. Esto básicamente es organizar tu vida en torno a tu pareja.
  •  Atribución de la capacidad de dar la felicidad; quiere decir que crees que tener pareja te proporciona automáticamente felicidad.
  • Falacia de la entrega total
  • Creencia de entender el amor como despersonalización
  •  Creencia en que si se ama debe renunciarse a la intimidad.

 

GRUPO 4 de mitos de AMOR ROMÁNTICO: “El amor es posesión y exclusividad”.

  • Mito del matrimonio.
  • Mito de los celos: uno de los mitos que más daño provocan, ¿cuándo conseguiremos dejar de justificar y de normalizar los celos?
  • Mito sexista de la fidelidad y de la exclusividad.

 

¿Qué opinas de estos mitos? ¿Estás de acuerdo con ellos? ¿Los identificas en tu propia concepción del amor?

Personalmente, durante una parte de mi vida viví con ciertos de estos mitos interiorizados. Pero, por suerte, siempre me han interesado referentes culturales  mas críticos y me he rodeado de personas que también se incliniban hacia una visión más crítica de la educación. Creo que eso me ayudó a cuestionar la idea del amor que me habían inculcado desde pequeña y a conseguir construir una más saludable.

En mi opinión la sociedad entera debe realizar un gran esfuerzo, desde los colegios, hasta los cineastas (parece que Disney también ha empezado a hacerlo, lee aquí la noticia), los cantantes, la televisión, los políticos, padres…,y entre todos conseguir construir una visión del amor más realista, más sana, desde la que las partes implicadas podamos crecer y vivir más plenamente. Comencemos a sustituir el “sin ti no puedo vivir”, por  el “me encanta vivir contigo, pero sin ti también”.

 

Os recuerdo que cualquier comentario que queráis hacer sobre las entradas siempre será bienvenido.

 

La práctica psicoterapéutica

REFLEXIONES SOBRE LA PRÁCTICA DE LA  PSICOTERAPIA

 

20090428_intreatment_560x360

Paul, de In Treatment.

 


Hoy  me gustaría compartir una entrada diferente. Un poco menos densa, pero no por ello menos importante. Quiero compartir con vosotros un texto del gran psicoterapeuta Michael Mahoney, en el que realiza una reflexión sobre la práctica psicoterapéutica. 

Me mueven diferentes razones por las que intento hacer accesible a todo el mundo información que, de cierta manera, solo interesaría a profesionales que se dediquen al ámbito psicoterapéutico. Pero una de las más importantes es que la psicoterapia es una profesión, en mi opinión, un tanto desconocida. 

Por este motivo me gustaría acercar la parte más privada de la profesión: la que entraña al propio psicoterapeuta. Personalmente cuando me siento en la silla delante de un cliente, al inicio siempre siento algo de vértigo, de inseguridad. ¿Seré capaz de ayudarle a encontrar su camino? ¿Tendré capacidad para motivarle? ¿Seré capaz de hacerle ver que me preocupo por él? Pero en cuanto comienza la sesión, todas esas dudas se van diluyendo, y toda mi energía, capacidad y atención se focalizan en la persona que tengo delante, con todo su sufrimiento y dolor, pero también esperanza y consuelo.

En este texto que ahora leeréis, Mahoney explicita ciertos consejos, muy útiles, para toda persona que trabaje en esta profesión. Pero, en mi opinión, también es un texto con valor para personas ajenas a la profesión. En el podréis descubrir nuestras inseguridades, nuestras limitaciones, pero también nuestros deseos de ayudar y nuestro máximo compromiso. Espero que lo disfrutéis.

  • Prepárate para cada sesión con una reflexión privada. No importa lo breve que esta sea, siempre que te tomes tiempo para centrarte en la persona que te dispones a recibir.
  • Cultiva el compromiso de ayuda; respeta y rinde tributo al privilegio de la profesión.
  • Aprecia la complejidad e individualidad de cada vida humana que se trata.
  • Acepta el hecho de que el conocimiento es limitado; concédete permiso para no saberlo todo.
  •  Cuanto te pierdas en una sesión y no sepas qué decir o hacer, tómate un momento para centrarte de nuevo en tus intenciones de ayudar.
  •  Confía en las capacidades de tus clientes para sembrar y cosechar con sus propias fuerzas.
  •  En la medida de lo posible, muéstrate emocionalmente presente ante su sufrimiento, siente con ellos.
  •  Reconoce que no puedes quitar el dolor a nadie (aunque a veces es desees hacerlo con todas tus fuerzas).
  •  Si estás asustado por sentimientos intensos (tuyos o suyos), recuerda respirar y, si resulta apropiado, manifestar lo que estás sintiendo.
  •  Ofrece comodidad y estímulo cuando puedas.
  •  Promueve la fe en las posibilidades y proceso de desarrollo personal.
  •  En la danza dinámica de un cliente en proceso, aprender a guiar y a ser guiado.
  •  Siempre que sea posible, permite que sea el cliente el que haga la mayor parte del trabajo.
  •  Respeta el ritmo del cliente y estimula su propia decisión, especialmente en el  proceso de partir.
  •  Cultiva tu fe en ti mismo como persona y en el valor de tu servicio profesional.
  •  Se atento contigo mismo; y paciente con tu propio proceso.
  •  Establece un ritmo; respecta tus límites y aléjate cuando lo necesites.
  •  Establece rutinas de auto-cuidadados significativas (mímate, cuídate).
  •  Protege tu vida privada.
  •  Valora tus amistades.
  •  Descansa, juega (repite a menudo).
  •  Estate dispuesto a pedir y aceptar la comodidad, ayuda y consejo.
  • Mantén la fe (como quiera que la vivas) y compártela cuando puedas.

Escucha activa

 

APRENDER  A ESCUCHAR

 

 

Para aprender a escuchar no necesitamos inventarnos artilugios, es mucho más fácil.

Para aprender a escuchar no necesitamos inventarnos curiosos artilugios, es mucho más sencillo.

 

De pequeña yo era una niña peculiar (cuando digo peculiar me refiero a rara). Mi mente maduraba más rápido de lo que mi edad cronológica necesitaba. Eso me convirtió, demasiado pronto, en una pequeña niña-adulta. Por ejemplo, en no pocas ocasiones mientras otros niños dedicaban todo su tiempo libre a jugar, yo jugaba un rato y luego observaba a los adultos.

Siempre me interesó observar cómo las personas mayores se comunicaban.  Recuerdo que una de las situaciones que me sorprendía es la siguiente: conversación entre dos personas, más  o menos la típica charla entre vecinas de edificio. Uno de los interlocutores (cuando no los dos) no escuchaba absolutamente NADA de lo que el otro le estaba narrando. Obviamente yo no estaba en su cabeza, por lo que no podía saber si realmente estaba escuchando o no, pero lo cierto y lo que al final  importa, es que yo no percibía ninguna señal que indicara que lo estaba haciendo. Más bien todo lo contrario.

Percibía impaciencia para que la persona con la que estaba compartiendo diálogo terminase ya su historia para poder contar con pelos y señales lo que quería decir. Percibía escasas señales no verbales de muestra de interés sobre lo que el otro le estaba contando. Entonces yo siempre me fijaba en el que creía el “perdedor de la conversación” (es decir, el menos escuchado) y sentía cierta compasión por él, porque todo lo que le había confesado a su interlocutor se perdería completamente por el espacio.  Y me parecía tan, tan triste.

Como sociedad algo ha fallado y creo que no hemos interiorizado la diferencia entre oír y escuchar.   A lo largo del día oímos un montón de sonidos, de conversaciones, de ruidos, de música. Pero, ¿y escuchar? Cuando el sol se pone probablemente seamos conscientes de que hemos escuchado bastante menos. ¿Qué me dijo mi compañero de trabajo sobre sus vacaciones, algo de Paris? ¿Qué me comentó mi mujer que tenía que comprar en el supermercado?  De hecho existe evidencia que afirma que sólo recordamos entre un 10-25% de lo que nos cuentan otras personas.

Lo más probable es que te resulten familiares estas escenas. En la mayoría de ellas seguramente estuvieras oyendo, pero no escuchando.  A esto yo le llamo: “estar de cuerpo presente y de mente ausente”. Cuando oímos no prestamos atención profunda, sino que simplemente captamos la sucesión de sonidos que se producen a nuestro alrededor.  

Por el contrario escuchar implica dirigir toda nuestra atención a un mensaje concreto, es decir, intencionalmente enfocamos todos nuestros sentidos a lo que estamos recibiendo. Escuchar es intencional. ¿Qué quiere decir eso? Que podemos provocarla, que depende de nosotros.

Aprender a escuchar requiere cierta habilidad, paciencia y respeto. Características con las que todos contamos, por lo que todos nosotros tenemos la capacidad de aprender a escuchar activamente.  ¿Te animas a intentarlo? Si tienes dudas porque crees que eres una persona dispersa, a la que le cuesta focalizar la atención prueba a hacer lo siguiente: ponte a escuchar, usando unos auriculares,  una canción que te guste. Escoge un lugar y momento tranquilo.  Concéntrate en la canción en todo su conjunto, para posteriormente fijarte en detalles: escucha el bajo, la batería, eso xilófono que suena a veces, la voz del cantante, la letra…Pon todos tus sentidos en esa canción.  Cuando finalice habrás descubierto miles de detalles de la canción que hasta ahora habías ignorado porque simplemente oías, pero no escuchabas.

Dicho esto, ¿qué te parece si hablamos de cómo podemos mejorar nuestra escucha? Ahí van una serie de puntos a tener en cuenta para trabajarla:

 

  • Lo primero y lo más importante es estar presente. Es obvio que cuando participas en una conversación estás ahí, ¿pero también lo estás mentalmente? Estar presente durante una conversación, si no estás acostumbrado, resulta complicado. Una parte del tiempo de charla probablemente te dejes llevar por preocupaciones que rondan en tu cabeza, por distracciones… Cuando seas consciente de que te estás yendo, lo mejor es que vuelvas a tomar contacto con la situación. Trata de fijarte en la persona con la que estás hablado, toma nota de cómo mueve las manos cuando habla, de cómo es su tono de voz, de la expresión de sus ojos. Es decir, se trata de volver a conectarte con el momento que estás viviendo.
  • Algo que nos ocurre frecuentemente es que estamos más pendientes de nuestra réplica, de lo que vamos a contar, que en escuchar lo que nuestro interlocutor nos está diciendo. En cuanto intuimos que el otro está finalizando su discurso, ¡zas, nos lanzamos! A esta situación la denomino el partido de tenis. Porque se trata de lanzar el mensaje que queremos sin tener en cuenta lo que acabamos de escuchar por parte de nuestro interlocutor. Sé que todos tenemos la necesidad de contar lo que nos preocupa, pero tranquilo, tendrás tiempo para hacerlo.
  •  Esto último me lleva al “diálogo de réplicas”. Para que lo entiendas, esto es muy parecido a lo que ocurre entre los diputados en la sesiones del parlamento. ¿Me explico? En estas situaciones la conversación se convierte en una sarta de reprimendas y enfados. En la que hablamos solo sobre cómo nos sentimos/lo que nos pasa/ sobre lo que creemos que está bien o mal, sin tener para nada en cuenta lo que dice nuestro interlocutor. Y si escuchamos, es solo para captar pequeñas cosas que usaremos en su contra.
  • En no pocas ocasiones lo que de verdad nos demandan las personas es simplemente escuchar. ¿No os ha pasado que en alguna situación simplemente necesitaseis ser escuchados de forma auténtica, y lo único que recibís de la persona que tenéis delante es consejos o historias personales que cree son semejantes a lo que te está pasando? (aquí entra en juego el clásico: ay sí, a mi madre le ocurrió lo mismo (cuando no tiene nada ver) y lo pasó mal. Lo que tienes que hacer es esto y lo otro). Lo que querías era que simplemente te escuchasen, que validasen tu sufrimiento, tus necesidades, y no una sarta de consejos que no has pedido. En este tipo de situaciones lo mejor es escuchar y mostrar empatía, dar a conocer a la otra persona que tratamos de entender lo que le pasa. Se trata de demostrar que estamos ahí. Para dar consejos, ya tendremos tiempo más adelante.
  • Otro punto importante es el cuidado del lenguaje no verbal, que en no pocas ocasiones nos delata cuando no estamos escuchando. Se trata de que intentes escuchar también con el cuerpo, y que la persona que está hablando lo perciba.

 

La próxima ocasión en la que mantengas una conversación tranquila con otra persona, te invito a que trates de poner en práctica los puntos de los hemos hablado. Simplemente como si se tratase de un pequeño experimento. Comprueba cómo te estás sientendo mientras escuchas conscientemente.

 Lo más probable es que sientas satisfacción por conseguir dejar a un lado tu necesidad de hablar y sobre todo, por permitir que las vivencias que te narra la persona con la que estás compartiendo este momento, se queden en ti, integrándolos y aprendiendo de ellas, en lugar de dejar que se pierdan en la nada.

Recuerda una frase, para que haya una comunicación efectiva debe darse necesariamente una escucha efectiva y activa, así conseguiremos comunicarnos de manera auténtica, y eso amigos, es un placer inmenso.

El síndrome del autónomo

 

 

EL SÍNDROME DEL AUTÓNOMO

 

En mi familia nadie es autónomo, ni emprendedor. Todos han trabajado por cuenta ajena. Es decir, que siempre he vivido ignorando totalmente las características laborales propias de los autónomos. La única que se atrevió a adentrarse en la vida autónoma fue mi tía, y su negocio fracasó estrepitosamente, así que ya te puedes imaginar el tipo opiniones sobre emprender que se podían escuchar en mi casa. Esas opiniones, que mis inmaduros oídos empezaron a escuchar, unido al hecho de vivir totalmente al margen de los autónomos, ha provocado que en mi cabeza se formara una idea totalmente preconcebida y errónea sobre lo que significa ser autónomo.

Yo, psicóloga de vocación, siempre he alardeado de mi capacidad empática, considerándome capaz de entender las circunstancias de vida cualquier persona. Pero con los autónomos siempre he tenido mis reservas. Mi visión de este colectivo era (en el pasado) totalmente irreal y excluyente (ahora lo sé). En mi cabeza autónomo era sinónimo de empresario (cuando digo empresario hablo del que tiene EMPRESAS  y trabajadores), y vale, sí, siempre quejándose de que les obligan a pagar infinidad de  impuestos, pero siempre pensaba: “ya, pero es que todo lo que ganas es para ti, seguro que te estás forrando. ¡Deja de quejarte, sucio avaricioso, que yo soy una simple asalariada!”.

Tal cual. Ahora me avergüenzo al decirlo, pero en honor a la verdad, debo hacerlo.  De todos modos hablando con otras personas sobre este tema, descubro que es una visión no poco común en nuestra sociedad. Es decir, si conocemos a alguien que crea un negocio, y encima le va bien, pensamos que se ha montado el chiringuito porque el dinero que gana un empleado no le satisface, que quiere más.

Supongo que esto es propio de  nuestra cultura, tan rica en estereotipos. Sabemos que los emprendedores no están demasiado bien vistos, el hecho de arriesgar (en ocasiones mucho) para ganar nos parece, en cierto modo, avaricioso. Piensa un poco en ello, ¿me equivoco?

Con esa afirmación tan osada, ahora soy consciente de que me estaba olvidando de una gran parte de las personas que conforman los autónomos, yo les llamo los “autoempleadores”. Dentro de esta palabra incluyo a las personas que llegan a este modo de trabajo obligados por las circunstancias (ya que no tengo trabajo, yo mismo lo creo) y otro tipo de profesionales que teniendo en cuenta las características de su profesión, ser autónomo es casi la única opción disponible (este sería mi caso). O simplemente el clásico emprendedor, que tiene una idea en la que confía y la transforma en realidad.

Bien, pues ahora que mi régimen de cotización ha cambiado, me he dado de lleno con una realidad que ignoraba totalmente mientras vivía en mi feliz mundo de seguridad laboral como asalariada. Porque sí amigos, la vida como autónomo es muy (eleva este muy al cuadrado) dura.

Es dura tanto económicamente como psicológicamente. De la primera “dureza” no voy a hablar demasiado, porque puedes leer este magnífico post (pincha aquí) en el que se específica lo complicado que resulta sobrevivir para un autónomo. Probablemente ya hayas oído hablar de este artículo, porque se convirtió en viral por unos días.

Me voy a centrar en la presión psicológica que soporta una persona que trabaja por cuenta propia.  De ahí el título: el síndrome del autónomo. Obviamente tal síndrome no existe, me lo he inventado. Bueno, en realidad fue mi pareja, también autónomo, el que le ha dado nombre.  A toda persona (que trabaja como autónomo) que le comenta que últimamente no duerme bien, que padece problemas digestivos, ansiedad, le diagnostica el síndrome del autónomo.  No lo hace con el fin de patologizar, más bien todo lo contrario, en mi opinión es un intento de empatizar y de mostrar colaboración y compresión con el sufrimiento del compañero autónomo.

El motivo final de este post (o por lo menos esa es mi intención) es ofrecer un pequeño homenaje a la vida autónoma, dando a conocer ciertos aspectos de este trabajo que resultan anónimos para el resto de los trabajadores. Por otro lado, si estás pensando emprender, podrás tener en cuenta estar ciertas características personales importantes para ser autónomo.

 

       CARACTERÍSTICAS QUE TE AYUDARÁN A CONVERTIRTE EN UN HÉROE AUTÓNOMO:

 

Al ser autónomo en España, te dan automáticamente el título de Superman.

En España al darte de alta como autónomo, te convalidan automáticamente la carrera de superhéroe.

 

Para mí una de las particularidades del trabajo autónomo que más ambigüedad me produce es el hecho de trabajar sola, de ser mi propia jefa. Obviamente esto tiene una parte buena en la que ya todos habréis pensado. Pero, ¿y la parte mala? Los autónomos trabajamos solos y por lo tanto somos los únicos responsables de tomar todas las decisiones. Tus ideas, sean grandes o pequeñas no las cuestiona nadie, no existe otro punto de vista. Vale, sí, le puedes preguntar a tu pareja o amigos que opinen, pero siempre será una visión sesgada desde el  cariño que sienten por ti.  La única opinión que consideras válida es la de tu cliente.  Es decir, si los ingresos son buenos te  sientes triunfal y te elevas cual globo, en cambio si los ingresos no son tan buenos sientes que estás fracasando estrepitosamente y la flagelación que te provocas es considerable.  Esta actitud es altamente peligrosa, lo sé, pero que levante la mano el autónomo que no se siente pletórico cuando tiene un buen día de ingresos y por el contrario se reboza en el fango cuando el día es nefasto.

Otra de las cualidades que mi nueva vida me ha forzado a  cultivar es la tolerancia a la máxima incertidumbre. Yo siempre he sido persona de tirar por lo seguro, nunca me ha gustado arriesgar, así que imagínate lo que me está costando aceptar que no sé, en absoluto, cómo irá mi consulta el mes que viene, y por lo tanto, no sé cuánto dinero ganaré, si tendré clientes nuevos, si no será así… Esto te crea una sensación de falta absoluta de control; vale sí, tú estarás pensando que a ti también te pueden despedir de un día para otro. Y es verdad, pero cuentas con cierta seguridad más a largo plazo, por no hablar de los mecanismos de protección de los que disfrutas, (ese es otro tema relacionado con la inexistente dignidad de las características laborales del autónomo).

El único modo que he encontrado de tolerar la incertidumbre es aprender a vivir al día, y con lo que el día me da. Es decir, si hoy he tenido cuatro sesiones me siento agradecida por ello, y si mañana solo tengo una, trato de relativizar y de fijarme en la media que he hecho hasta ahora. Por ejemplo, en mi trabajo el verano es terrible en cuanto a ingresos. Es lógico: salimos de la rutina diaria, vamos de vacaciones. En la época estival es cuando tengo que hacer de tripas corazón y echar mano de todos los tópicos posibles: “a ver, es que con este calor, ¿quién piensa en hacer terapia?, lo único que quieres es irte a la playa, que encima si te encuentras mal de ánimo te sentará genial. Lo normal es que si no tienes que trabajar hagas algún viaje, o te vayas  al pueblo, y dejas la psicoterapia para septiembre”.  Sé que son auténticos topicazos, pero cuando ves que está siendo un mes difícil acabas echando mano a lo que sea para intentar hacer callar a tu cabeza de autónoma.

Hablar sobre el verano me lleva a otra cuestión problemática de los autónomos: los días libres. Cuando trabajas por cuenta propia un día libre significa no cobrar, es decir, si decido disfrutar de diez días de vacaciones en verano, esos días no ingresaré un euro (¡añoranza máxima de vacaciones remuneradas!).Tened en cuenta que, aunque no ingreses, a tu casero le da igual, y te sigue cobrando el alquiler del despacho. Esto amigos, es muy duro. Conseguir desconectar de esto modo resulta complicado. Por ejemplo, si el domingo es tu día de descanso, ¿qué haces si te llega un correo (maldito teléfono inteligente) solicitando información sobre los servicios que ofertas? Yo todavía no he llegado al punto de ser capaz de ignorar  y no contestar al mensaje hasta el día siguiente, vamos, que lo contesto en el mismo momento que lo leo. Mal, lo sé, debería respetar mis momentos de descanso, la cuestión es que cuánto más pasa el tiempo más me cuesta discernir cuando estoy trabajando y cuando no. A veces me siento como si me hubieran marcado, igual que a las vacas, cuando me di de alta como autónoma y ya nunca podré olvidarlo, ni por un momento.

Otra cuestión que debes asumir cuando decides emprender por tu cuenta es que te tendrás que convertir en un experto en diversas facetas que nada tienen que ver con tu profesión. Me explico, lo más probable es que empiezas a leer mucho en internet sobre páginas web, SEO, google adwords, sobre cómo usar las redes sociales como plataforma, sobre retenciones, trimestres, IVA…y un largo etcétera. El problema es que como no-experto que eres en todos estos temas, te frustrarás en un montón de ocasiones (a no ser que seas Amancio y tengas a miles de personas en nómina que hagan todo ese trabajo).  Si eres un nuevo-autónomo lo más probable es que necesites reducir costes intentando realizar tú el mayor trabajo posible.

Personalmente fui consciente de esa frustración este mes intentando presentar, yo solita, el papeleo del trimestre de hacienda. Me sentí motivada para hacerlo y buceé en internet buscando información al respecto, por suerte hay personas ultra majas por el mundo que no dudan en escribir post o tutoriales explicando cómo se hacen miles de cosas. La cuestión es que leí un post, otro, otro más, pero siempre me quedaba alguna duda. Llegó un momento en el que me enfadé conmigo misma y me obligué a hacer una parada para reflexionar, me dije: a ver Goretti, tú eres psicóloga no asesora fiscal, es normal que todo esto te suene a chino. ¡No tienes que saber hacerlo todo! Tras esta pausa, conseguí presentar el trimestre. Pero desde ese momento vivo con miedo continuo a que Montoro venga a llamar a mi puerta y me diga:” ¡lo has hecho mal!”. ¡Terror!

Por último me gustaría hablar de una de las capacidades que considero más importante si decides emprender: la absoluta confianza en tus capacidades. Cuando comienzas a trabajar por tu cuenta, los resultados tardan un poco en venir, por este motivo es fácil caer en un el cuestionamiento de tu valía y de tus capacidades. En este momento es importante cuidarnos, confiar en nosotros y en nuestra capacidad para sacar el negocio adelante. Relativiza, trata de ver la parte positiva aunque hayas tenido una mala semana de ingresos, recuerda por qué  razones tomaste la decisión de emprender. Recuerda qué te impulsó hasta aquí. Para mí el hecho de tener la posibilidad de trabajar en mi vocación me hace sentir una persona increíblemente afortunada y transforma todos los problemas que puedan surgir en pequeños contratiempos que voy superando. 

Porque pese a que puede parecer totalmente lo contrario al leer este post, emprender tiene una parte increíblemente positiva, de la que, tal vez, hablaré en otra entrada.  Si todavía lo estás dudando piensa que a mí, que soy la persona menos arriesgada del mundo, me compensa con creces haber dado este paso. 

 Y tú, ¿quieres emprender y convertirte en autónomo? ¿Temes hacerlo? ¡Cuéntanos como te sientes!

 

 

La primera sesión en psicoterapia

La primera sesión

 

 

El sol entre las ramas

El sol entre las ramas

 

 Si te encuentras barajando la posibilidad de ir a terapia, o si ya lo has decidido, el hecho de visualizarte en la primera sesión seguramente te provoque ciertas emociones negativas: quizás miedo o temor, incertidumbre por lo que te vas a encontrar, pudor o vergüenza.
Podría nombrar muchas más, porque cada uno de nosotros tenemos nuestras gafas de caminar por la vida y albergamos en nuestra cabeza un sinfín de creencias, expectativas, etiquetas y autocríticas. En definitiva, cada uno tenemos nuestra propia idea de cómo deben ser las cosas.
Por este motivo en este post quiero profundizar sobre lo que supone la primera sesión, intentando abordarla desde los dos lados, gracias a mi propia experiencia como psicóloga y como paciente.

En mi caso, primero fui paciente y luego terapeuta, el que, en mi opinión, es el orden más lógico.
Como paciente, tengo un recuerdo muy vívido de los primeros pasos que me llevaron a la consulta de mi psicóloga. Desde el momento en el que decidí coger el teléfono y pedir cita hasta el instante en el que por fin me encontré sentada en la silla de la consulta, se sucedieron un montón de pensamientos y emociones.
Cuando ya tienes una fecha para esa primera sesión, las dudas sobre si debes ir o no a la consulta de un psicólogo ya se han desvanecido, ahora en tu cabeza sólo te imaginas cómo será la dinámica de esa primera cita. Te puedes imaginar que puede haber similitudes con la consulta con un médico, pero sabes que probablemente sean situaciones muy diferentes.
Lo más probable es que antes de la primera sesión dediques muchas horas a repasar todo lo que ha pasado en tu vida que crees que te ha empujado a necesitar ayuda psicoterapéutica. Creo que eso lo hacemos todos. En mi caso, dediqué horas y varios folios a detallar los acontecimientos de mi vida que consideraba me habían convertido en una persona ansiosa. Empecé a pensar en todos esos acontecimientos, a relacionarlos con pensamientos y sentimientos, hasta llegar al presente. Dónde enmarqué el problema y busqué mi objetivo terapéutico (dejar de ser ansiosa. Ejemplo claro de objetivo muy general y poco específico, del tipo: ser feliz). Dentro de ese “discurso” siempre hay una parte que te guardas en la recámara. A esto yo le llamo “los secretillos”; es decir, son la parte que más te avergüenza de ti, los pensamientos que consideras más “oscuros” y que en función de cómo te encuentres en la psicoterapia y de la confianza que sientas decides contar.
Antes de la primera sesión crees que debes tener muy claro todo lo que consideras relevante en tu vida, cómo ha pasado, qué sentiste. Todos los detalles, para que puedas soltarlo sobre la mesa como si de tus memorias se tratase. Esta es otra actitud totalmente normal, porque sentimos la necesidad de expresar con pelos y señales lo que nos pasa para maximizar que el terapeuta nos entienda y entienda nuestra situación.
Personalmente recuerdo que momentos antes de cruzar el umbral de la consulta sentía cierta mezcla de emociones; Por un lado el nerviosismo típico del momento “voy a hacer algo que nunca antes había hecho”. También sentía cierto miedo fruto de la incertidumbre. Pero también me sentía un poco emocionada por ser capaz de dar el primer paso hacia mi bienestar. En esos momentos te pasan mil preguntas por la cabeza: ¿conseguiré hablar sin llorar todo el tiempo?, ¿seré capaz de explicar lo que me ocurre?, ¿me entenderá?, ¿estaré cómoda o querré salir huyendo?, ¿me gustará cómo es?, ¿podrá ayudarme?, ¿qué pensará de mí?

 Déjame decirte querido lector, que en el mismo momento en el que te sientas en la silla de la consulta de tu psicólog@, todos esas preguntas e inseguridades desaparecen o, como mínimo, pasan a un segundo plano. Porque enseguida el profesional que tienes delante te explica pequeños detalles que te hacen sentirte más seguro, sin dejar nunca de sonreírte, de mirarte y de hacerte sentir como en casa.

¿Qué ocurre en esta primera sesión? (ahora hablo como profesional).

 

En la primera sesión, tanto psicólogo como cliente nos presentamos. Piensa que yo soy tan desconocida para ti como tú lo eres para mí, partimos los dos de cero. Normalmente cuando una persona viene a consulta ya suele conocer, obviamente, mi nombre y yo el de él/ella. Aún teniendo en cuenta eso, normalmente me presento: “Hola, soy Goretti, y tú eres Marta, ¿verdad?” Rara es la vez que no lo hago.
Hechas las presentaciones, explico ciertos aspectos que considero importantes (yo le llamo la parte burocrática). En terapia a esto le llamamos marcas de contexto. Explico un poco qué es la ley orgánica de protección de datos, y sobre todo qué supone para ti: “todo lo que hablemos permanecerá dentro de estas cuatro paredes, es totalmente confidencial”. Aunque ya lo supones, o lo presupones, oírlo del profesional siempre te hace rebajar un poco tu nivel de nerviosismo. No es mi caso en este momento, pero si trabajamos en equipo, con espejo o con otras particularidades, es el momento de decirlo.
Dicho esto, empieza la parte más similar a la consulta médica: la recogida de datos personales. Simplemente consiste en pedirte unos pocos datos, los típicos: nombre y apellidos, nacimiento, datos contacto, estudios, trabajo actual, hermanos, con quién vives, etc.…Nada que no te pregunten hasta cuando te abres una cuenta en gmail. A medida que voy cubriendo esos datos, empiezo a percibir las ganas y necesidad de la persona que tengo delante por contarme por qué está aquí. En ese momento es cuando los terapeutas decimos: ¿en qué puedo ayudarte, Marta? (inserta ahí tu nombre).
En ese momento recapitulas todo lo que has pensado días atrás y empiezas a contar “tu historia”. Probablemente no consigas hacer el discurso como lo tenías pensado y ensayado, no te preocupes, no pasa nada. Lo importante es que empieces a hablar de lo que te ha traído a la consulta. Da igual si eres hablador y expresas con todo lujo de detalles lo que te ocurre, o si eres, en cambio, más bien parco en palabras. Los profesionales tenemos herramientas para intervenir en ambas situaciones. En la primera sesión solemos ser un poco preguntones, porque necesitamos clarificar cosas del tipo: ¿qué haces cuándo te sientes mal?, ¿qué haces cuando te sientes bien?, ¿qué has intentando hacer para solucionar el problema?, y un sinfín de preguntas similares.
Es importante que tengas una cosa presente, y que probablemente ya estés sintiendo cuando estés delante de tu psicólogo. Un profesional te escuchará siempre desde la empatía, nunca juzgará ni emitirá valoraciones morales sobre lo que estás contando. Da igual si cuentas la cosa más humillante, vergonzosa, o incluso escalofriante del mundo. No estamos para eso, por eso puedes sentirte con la libertad de contar lo que sea. Cuando lo haces sientes una sensación increíblemente liberadora.
Tras contar tu historia e integrarla por nuestra parte, te explicamos un poco cual es el “problema” y te contamos qué vamos a hacer. A mí en este momento me gusta explicar detalles instrumentales de la terapia: frecuencia media de las sesiones, tu papel entre sesiones, el precio; en resumen, la metodología de trabajo.

Con eso llegamos al final de la primera sesión. Da igual si has hablado acontecimientos que te han revuelto las entrañas; el hecho de sacártelo de la cabeza y de contárselo a un profesional que está preparado personal y profesionalmente para escucharte y para guiarte, te provoca una sentimiento de bienestar. La sensación que sientes cuando cruzas el umbral de la salida es, desde mi experiencia como paciente, pacificadora.

¿Te animas a contarnos tu primera sesión?

La importancia de ser amable

 Sé amable y no mires a quién.

 

images

 

 

       De un tiempo a esta parte tengo la sensación de que las nuevas tecnologías, y en resumen la vida moderna, se han comido nuestra capacidad de ser amables. ¿En qué me baso para decirlo? Pues, simplificando un poco, en que no dejo de ver en la pantalla de mi móvil emoticonos de besos, sonrisas y más muestras de cariño que, en la vida real, es decir la palpable, no existen. No dejamos de darle a me gusta en publicaciones de amigos sobre el rico (o suponemos que rico) bizcocho que han hecho, pero en cambio, no somos capaces de decirles, en vivo y directo, qué bonito corte de pelo tienen.
Es decir, creo que la amabilidad virtual ha sustituido a la amabilidad real. ¿Por qué? No lo sé. Pero me preocupa, la verdad, porque no sé si a vosotros os pasa, pero pese a ser una gran amante de la vida virtual sigo necesitando como agua de mayo de la vida real, con sus micro-contactos diarios.

Os pongo un ejemplo, a mi me encanta pasear por la calle, tranquilamente sin una dirección fija (es decir, pasear a secas) y mirar a las diferentes personas con las que me cruzo. Será defecto profesional, pero suelo fijarme en sus caras, en su expresión y en alguna ocasión teorizo sobre cómo se sienten. A veces incluso, si se da el típico momento en el que las miradas se cruzan, sonrío casi como un acto reflejo. Pues, últimamente, no dejo de encontrarme a personas que caminan totalmente encerradas en su mundo, como si llevaran el GPS clavado en la mirada. Caminan rápido, van esquivando a las personas que se encuentran y sus miradas son impasibles. Eso cuando consigo entrever sus ojos, porque en muchas ocasiones caminan totalmente enfrascados en sus teléfonos móviles y no ven a ninguna de las personas con las que se cruzan.

 

Si algo puede definir el momento actual que vivimos es la inmediatez. Internet ha conseguido que podamos acceder a miles de contenidos en menos de un segundo, por lo que queremos todo para ayer. Eso provoca que en ocasiones ser amable sea interpretado más como un obstáculo que como un beneficio. Ser amable puede ser visto como un gesto de sumisión y debilidad. Pero hay algo que la era digital no puede cambiar, y es que somos seres humanos y por tanto somos esencialmente sociales. La amabilidad está “encriptada” en nuestro código genético. Antiguamente, cuando las condiciones de vida eran mucho más extremas que las actuales, la mejor opción para sobrevivir era la colaboración entre todos. Cuánto más unida se encontraba una comunidad, mayor era su probabilidad de afrontar los problemas que pudieran surgir.

Fíjate la importancia que, consciente o inconscientemente, le damos a ser amables que probablemente esta escena te resulta familiar: estás comiendo con tu pareja mientras comentáis los avatares del día. Él te cuenta que ha ido al ayuntamiento a resolver unos asuntos y, al margen de si los ha resuelto o no, resalta que el funcionario que le atendió fue sumamente desagradable, soltando palabras a precio de diamantes. Te cuenta todo esto sumamente indignado, resaltado la poca decencia como persona del funcionario. 

Si fuese al contrario, y el funcionario hubiera sido amable, te habría contado que resolvió las gestiones sin problema y que todo está solucionado.
Ser amable va más allá de ser educado, políticamente correcto o cortés. Siendo amable con los demás estás mostrando respecto hacia el otro, colaboración e interés real libre de prejuicios. Esta actitud reporta consecuencias infinitamente positivas tanto para ti como para las demás personas. Y no me lo estoy inventando, hay estudios (ya ves que realmente la ciencia estudia TODO) que han determinado que ser amable nos permite vivir más tiempo, más saludables y más atractivos a ojos ajenos ( aquí te dejo la noticia para que lo compruebes).

 

Pero, ¿de qué hablo cuando te sugiero que seas amable?

 

No pienses solo en grandes gestas, ni mucho menos. Tampoco se trata de que seas la típica persona extremadamente educada, que constantemente te pide todo por favor y te da las gracias mil millones de veces. Piensa que los extremos suelen resultar negativos (aunque he de decir que prefiero una persona extremadamente amable que una extremadamente no-amable).
Para ayudarte a pensar en cómo ser amable te propongo que piensas en una cosa. Quizás, lo más probable es que tu, o tus padres tengan una aldea. Esto es muy típico de Galicia, un pueblo en el que tus padres han crecido y del que se marcharon, pero que seguramente aún viva en ella algún familiar. Pues piensa en cómo se tratan los vecino en tu aldea. Si te cuesta hacerlo te cuento cómo es la vida en la mía. En mi aldea las personas se saludan siempre que se ven, con un: “¿buenos días/tardes, cómo te va hoy?” Y la otra persona responde resumiendo, en pocas palabras, cómo está su vida en ese momento. La gente en mi aldea se presta continuamente cosas. En ocasiones antes de que tú te des cuenta de que necesitas pedir prestado algo, la otra persona ya te aparece con lo que precisas en la puerta de tu casa.
La gente en mi aldea da, altruistamente y sin esperar nada a cambio, todo tipo de cosas a sus vecinos. Y no solo cosas, también se regala tiempo, ayudándose unos a otros a realizar diversos trabajos en los que se necesitan más de un par de manos.
En mi aldea, si algún vecino vive solo o está atravesando un mal momento, siempre hay alguna persona dispuesta a visitarle casi todos los días, prestando su ayuda y apoyo con el simple hecho de estar ahí para ese vecino.
Probablemente, el cuidarse unos a otros de esa manera ha hecho posible que no pocas personas puedan seguir viviendo en aldeas alejadas de núcleos urbanos.

 

¿Entiendes ahora a lo que me refiero cuando hablo de la necesidad de ser amables? Va más allá de dar los buenos días al conductor del autobús cuando subes en él; más allá de evitar chequear tu whatsapp cuando estás tomando un café con un amigo; más allá de darle las gracias a la cajera del super que te cobró y embolsó la compra. El problema es que ni siquiera estas últimas facetas de la amabilidad están muy presentes hoy en día. Por lo que, a lo mejor, es necesario empezar por lo más básico.

 

Si crees que normalmente eres relativamente amable, pero que no dejas de encontrarte con personas desagradables que están mermando tus ganas de ser amables (razón que no pocas personas escudriñan para excusar su no-amabilidad), piensa que, si devuelves hostilidad a alguien que te habla con hostilidad, esta hostilidad se multiplicará. En cambio si devuelves amabilidad a alguien que está siendo hostil, lo más probable es que la otra persona rebaje su nivel de amargura. Un ejemplo: en el banco me suelen ocurrir este tipo de situaciones. Entiendo que trabajar de cara al público en un sector así puede producir bastante burnout. Mi táctica cuando me encuentro con un banquero antipático, consiste en ser super amable. Rozando el extremo que antes comentaba. Normalmente el banquero reacciona rebajando su nivel de antipatía. Si yo hiciese lo contrario, probablemente nos enfrascaríamos en una escalada que no tendría fin. Y los dos acabaríamos el día totalmente amargados y con unas arrugas muy profundas en el entrecejo.

 

En mi opinión ser amables es tan importante como para convertirse en la base en la que se apoya nuestra vida comunitaria. Nos permite reducir la distancia emocional entre las personas y ampliar nuestro campo de visión.  No debemos, jamás, perder la visión comunitaria de nuestra sociedad, la cual está formada por todos nosotros y por nuestras actitudes. Es esenial, desde mi punto de vista, volver a a los orígenes, a volver a mirar a los ojos a las personas que te cruces, a tocarle el brazo a la persona con la que hablas, a agarrar la puerta cuando alguien viene detrás de ti… ¿Qué te parece si, por lo menos una vez al día, intentas ser amable con otra persona?

La escritura como hábito terapéutico.

  La escritura como hábito terapéutico:

escribe para sentirte mejor.

20150119_130038

Foto real de mi primer diario. Un poco más abajo hablo de él.

 

      Cuando le comento a alguien que escribo desde hace años lo primero que me suelen responder es que les sorprende mi deseo oculto y no satisfecho de ser escritora. Nada más lejos de la realidad, contesto. Nunca quise escribir para que los demás lo leyeran, así como nunca he tenido especial talento para hacerlo. Ni tampoco lo he trabajado, porque en esencia mi deseo oculto y no satisfecho no es dedicarme a escribir. Por eso me suele hacer gracia ese comentario sobre mi hábito de escribir.
Realmente puedo fijar un momento concreto en el calendario de cuando sentí la necesidad de escribir. En mi primera comunión (sí, todos tenemos un pasado) alguien me regaló un diario. Ya sabéis, el típico diario cursi, con hojas de colores y perfumadas, que viene con un candado que se cierra con una pequeña llave para proteger tu maravillosa privacidad (puedes verlo en la foto del encabezado). Durante un tiempo lo mantuve guardado en su cajita, esperando que algún día supiese qué tenía que escribir en él. Cuando me lo regalaron creí que sólo lo podía utilizar cuando me pasasen aventuras interesantes dignas de contar (por aquel entonces era una forofa de los libros de “Los cinco”).
Pero un día, a los 11 años, sentí la necesidad de escribir qué me estaba pasando y cómo me estaba sintiendo. Me cansé de esperar a vivir grandes aventuras que mereciesen ser narradas. Simplemente cogí mi diario, un bolígrafo y escribí qué me pasó ese día y cómo me sentía al respecto.

Ahora lo leo, cuando han pasado casi 20 años y siento cierto pudor y vergüenza. Ya os podéis imaginar sobre qué puede escribir una niña de 11 años. Los temas estrella son el cole y sus vivencias, mis padres no me entienden y como no, el amor idealizado. Que en la pre-adolescencia es un tema de vital importancia. Pero también siento amor y ternura hacia la pequeña Goretti y unas ganas tremendas de consolarla y decirle que todo saldrá bien.

Releyendo este primer diario descubro que realmente no comencé a escribir con la intención de dejar constancia de lo que me ocurría, sino como desahogo emocional.
Desde ese momento no he dejado de escribir, ya sea en libretas, hojas sueltas o tecleando en el ordenador cuando nos encontrábamos a punto de cambiar de siglo. Cierto es que la frecuencia de la escritura ha estado siempre directamente relacionada con mi estado psicológico: siempre he escrito más en momentos difíciles en los que me sentí mal. Es lógico e incluso lo saludable.

Nunca escribí con la intención de dejar constancia de lo que me estaba ocurriendo, como si de una foto se tratase, ni tampoco he escrito con la intención de convertirme en un Nick Cave. Simplemente llevo años escribiendo para darle palabras a lo que estoy sintiendo.
Personalmente, les recomiendo a no pocos de mis clientes (no a todos) que se hagan con un cuaderno bonito y de tamaño manejable, y que escriban. Muchos me preguntan: ¿pero qué tengo que escribir? Les contesto: olvídate del tengo, solo escribe lo que te pase por la cabeza, sin más.
Cuando todavía no has iniciado el hábito de escribir, mi impresión es que lo mejor es empezar escribiendo cualquier cosa que te ronde por la cabeza, a modo de desahogo emocional. Es increíble la liberación de tensión que experimentas cuando sacas de una vez por todas lo que qué te atormenta y lo escribes en un papel. Sobre todo cuando son pensamientos que no verbalizas ni le cuentas a nadie por la razón que sea (porque te avergüenzas de ellos, porque crees que tu vida podría cambiar si los cuentas….).Cuando escribes esos pensamientos de algún modo metafórico es como si los extirparas de tu cabeza y dejaran de ir rebotando de un lado a otro. Escribir te fuerza a convertir pensamientos abstractos que no dejas de rumiar en frases/historias que tendrán sentido y serán coherentes.
No pienses que me estoy inventando la “escritura terapéutica”; existe, y hay personas y estudios que la han investigado. Un psicólogo americano, Pennebaker, lleva más de 30 años descifrando los beneficios que reporta la escritura. Inicialmente, este psicólogo empleaba la escritura como método terapéutico para superar diversos traumas emocionales. El profesor Pennebaker y otros investigadores han llegado a la conclusión, a través de diversos estudios, de que la escritura reporta tanto beneficios psicológicos como físicos (algunos estudios evidencian que escribir ayudar a sanar con más rapidez heridas y fortalece el sistema inmunológico).
La escritura de lo que te ocurre, de tus pensamientos y emociones, intentando dar sentido a lo que te acontece, te reportará múltiples beneficios. Además de liberar tensión emocional, instaurando el hábito de escribir crearás un espacio y un tiempo solo para ti, lo que posibilitará la introspección. Para mí es de vital importancia “instrospeccionarnos” (me acabo de inventar la palabra) regularmente. Básicamente se trata de que te alejes un momento de la vorágine diaria de trabajo y vida social y reflexiones sobre cómo te estás sintiendo. Se trata de reflexionar por un momento lejos de todo.
Ligado con la introspección, la escritura también provocará que aumente tu autoconocimiento y autoconciencia, llegando a comprenderte mejor a ti mismo y en consiguiente a lo que te ocurre. Escribiendo tomas mayor conciencia de tus emociones, reconociendo y expresando alguna que probablemente hayas ignorado hasta ese momento.
Escribiendo probablemente amplíes perspectivas y generes más alternativas. Esto lo habrás comprobado los típicos momentos en los que tienes que tomar alguna decisión importante y escribes en un papel tus opciones y las ventajas e inconvenientes de cada una de las opciones.
Bien, llegados a este punto, si no has abandonado la lectura de este post, probablemente te interese el tema y estés dispuesto a comenzar a escribir tu propio cuaderno, ¿es así? Si lo es enhorabuena porque de verdad que te reportará muchos beneficios. Si no es así, no te preocupes, deja la idea y retómala más adelante cuando tu vida esté un poco revolucionada.

 

Si has decidido empezar a escribir te dejo una serie de recomendaciones para empezar a hacerlo:

  • Busca un lugar cómodo y tranquilo, en el que no te vayan a molestar durante unos minutos. Puedes tomarte un té o escuchar música, lo que sea que te guste.
  • No te preocupes por elaborar la escritura, es decir, no pares un momento, alzando la cabeza y mirando al vacío mientras buscas un sinónimo para no repetir la palabra tengo. La meta de este ejercicio no es ganar el premio Planeta.
  • Comienza escribiendo sobre algo que te preocupa actualmente, sobre lo que está rondando en tu cabeza.
  • Céntrate en poner sobre el papel exactamente lo que te pasa por la cabeza. Da igual si piensas que ese pensamiento no puede salir de tu mente porque te da vergüenza. Piensa que nadie leerá lo que estás escribiendo, así que nadie podrá juzgar lo que hayas escrito. Recuerda que aquí no hay restricciones.
  • Escribe sobre lo que te pasó, es decir sobre el acontecimiento. Pero también sobre cómo te sentiste. Intenta bucear y explorar tus emociones.
  • Intenta escribir en el tiempo presente y empleando la primera persona del singular (yo).
  • Procura no juzgar ni criticar lo que escribes. Simplemente deja paso a lo que sientes y escríbelo sin intentar interpretarlo. En ocasiones el lenguaje puede ser una trampa. Evita en la medida de lo posible, emplear palabras como tengo, debo, nunca, siempre. Creo que ya lo entiendes, ¿verdad?
  • Última recomendación: como todo en la vida, a no todo el mundo le beneficia este método. A determinadas personas les provoca la necesidad de rumiar más sus pensamientos negativos y por lo tanto les produce más malestar. Para evitar esta situación haz lo siguiente: tras unos días escribiendo, para un momento y recuerda como te sentías antes de comenzar a escribir, si te sientes mejor ahora sigue haciéndolo, si no es así, si notas que tu malestar psicológico ha aumentado, por favor, deja de escribir.

 

 Recuerda que puedes ser totalmente sincero y honesto en lo que escribas, no hay restricciones porque  nadie te juzgará. ¿Te animas a comenzar a escribir?

2015: un nuevo comienzo

2015: un nuevo comienzo

 

Siempre he sido muy fan de la Navidad y de todo lo que conlleva. Desde las cenas familiares y sus ricos manjares, los reencuentros con amigos, las luces que adornan las calles, los villancicos antiguos, etc.… Debido a mi desarrollado espíritu navideño no creo que tenga la imparcialidad suficiente para poder publicar un post sobre la Navidad. Probablemente las palabras que de mis manos brotaran serían lo más cercano a la cursilería que podrías leer.
Así que me he resistido a publicar un post sobre lo maravillosa e increíble que es la Navidad, pero no he podido resistirme, en cambio, a escribir sobre el fin de año.

El hecho de que durante las Navidades se cambie de año es una de las razones de peso para que adore las fiestas navideñas. Más de uno os preguntaréis por qué, y no os culpo. Entiendo perfectamente lo estresante que puede resultar la noche de fin de año, con todos sus rituales occidentales incluidos: que si la cena, las 12 uvas, el brindis con su correspondientes deseos, los momentos posteriores a las campanadas en los que siempre se colapsan las líneas de teléfono, los zapatos de tacón que causan estragos en los pies…Podría seguir enumerando rituales hasta llegar al normalizado chocolate con churros que marca el fin de la noche (y el inicio del día, literalmente).

La razón fundamental por la que disfruto de algunos de estos pequeños rituales es porque me recuerdan que estamos a punto de empezar un nuevo año, lo que interpreto como un nuevo comienzo. Parece una tontería, lo sé, porque un nuevo comienzo en realidad lo puedes fijar un 20 de marzo o un 10 agosto, el momento da igual. Pero nunca está demás que algo, en este caso el cambio de año, nos recuerde que la posibilidad de que se produzca ese nuevo comienzo está a nuestro alcance. Es como un regalo que nos da la vida para poder seguir trabajando por nuestros deseos.

Tengo mi propio ritual del último día del año, que consiste en hacer un balance del mismo. Me reservo unos minutos en soledad antes de que termine el año, agarro mi Moleskine (no pienses que me pagan publicidad) y escribo en ella qué me ha reportado ese año que está a punto de terminarse. Intento escribir, sobre todo las partes más negativas, sin juzgarme. Es decir, si creo que este año he hecho menos deporte del que estadísticamente corresponde para mi edad (fíjate que no digo debería), procuro no culparme y azotarme por ello. Trato de invertir el pensamiento “autoflagelador” pensando que puede que no haya hecho mucho ejercicio cardiovascular pero sí he practicado bastante yoga.
En mi balance anual escribo todo lo que me ha deparado el año. Tratando de discernir, entre toda la paja de acontecimientos, si mis acciones me han acercado, un poco más, a mis objetivos personales más importantes. ¿Cómo hago esto? Analizando pormenorizadamente todos los aspectos de mi vida que me importan: mi desarrollo laboral, las relaciones personales (pareja, amigos y familia), y mi desarrollo personal. Por ejemplo, uno de mis objetivos del 2014 era ser un poco menos crítica conmigo misma, intentando progresar hacia la autoaceptación. Pienso si ahora estoy un poco más cerca de autoaceptarme que hace 12 meses, si es así me felicito por ello. Si considero que no es así pienso qué ha podido fallar y trato de averiguar cómo puedo allanar el camino para conseguir mi objetivo.
Tras el balance viene la mejor parte, o al menos para mí. Hago una lista (¡adoro escribir listas!) de mis propósitos u objetivos para el nuevo año. Divido la lista por áreas, y en cada una de ellas enumero qué propósitos me gustaría alcanzar. A la hora de formular propósitos es importante tener claras un par de cosas.

Truquillos para plantearse unos propósitos razonables:

 

Reflexiona profundamente antes de escribir tu lista (quien dice lista dice redacción, ensayo o lo que te sea más cómodo).
Evalúa diferentes áreas de tu vida que sean importantes. Piensa en qué aspectos de esas áreas te gustaría mejorar. Piensa y trata de evaluar tu grado de satisfacción personal en esas diferentes áreas.
-Márcate objetivos reales y posibles. No te fijes como propósito correr la maratón de Nueva York si nunca has hecho deporte. Márcate mejor correr durante 20 minutos seguidos.
– Esto me lleva a otro punto importante: descompón los objetivos grandes en otros más pequeños y asequibles. Piensa cuáles de estos objetivos puedes alcanzar a corto y cuales a largo plazo. Siguiendo con el ejemplo anterior, el objetivo a largo plazo sería correr la maratón. Pero antes deben haber unos objetivos a corto plazo, que pasarían desde correr 10 minutos seguidos a correr pequeñas carreras y medias maratones.
– Lleva a cabo una planificación de esos propósitos. Por ejemplo, si uno de tus objetivos es mejorar tu nivel de inglés, trata de averiguar si te encaja mejor ir a una academia, un profesor particular o la escuela oficial de idiomas. Piensa si quieres un título oficial o simplemente deseas aprender inglés para viajar. Planifica en qué momento del día podrías tener tiempo libre para ir a clase. Trata de planificar todos los detalles de tu objetivo.
– Es importante que los objetivos de tu lista sean específicos. Te lo explico con un ejemplo: es muy común que aparezca como propósito ser más feliz. Si te marcas ese objetivo, probablemente termines el año frustrado y enfadado por no haberlo conseguido. Ser feliz es un objetivo demasiado general y ambiguo, por no decir casi irreal. Si sólo te vienen a la mente este tipo de objetivos piensa en qué te podría ayudar a mejorar su estado de ánimo. Piensa con qué tipo de cosas disfrutas más: dedicar un poco más tiempo a alguno de tus hobbies, salir en más ocasiones con tus amigos, intentar dormir un poco más…
– Otro punto importante es tener en cuenta qué cambios dependen de ti y cuáles de factores externos. Tener claro que determinados resultados podrán depender de causas ajenas a nuestro control evitará que te frustres más de la cuenta.

 

Lo último que me gustaría decirte es que lo más importante no es si finalmente alcanzas los objetivos que te planteas, eso es lo de menos. Lo importante y saludable es que trabajes un poquito todos los días del año para acercarte a lo que quieres.

¡Feliz año 2015!

Cómo evitar juzgar

 

JUZGAR: ESA MALA MANÍA

 

dedo-acusatorio

 

“Nadie puede censurar o condenar a otro porque nadie conoce perfectamente al otro”. Lord Thomas Browne.

Tal vez que no seas consciente de ello, pero la gran mayoría de las personas gastamos una parte significativa de nuestras vidas juzgando. Juzgar conforma una actitud tan arraigada en nuestra rutina que probablemente ahora mismo estés pensando: “no, yo jamás juzgo”.

Antes de llegar a esa precipitada conclusión, te pido que me des una oportunidad para demostrarte que, seguramente, tú también juzgues con demasiada frecuencia.

Para demostrártelo provocar que al menos pienses en ello de manera un poco más profunda, voy a escribir algunos ejemplos de momentos en los que juzgamos para que pienses si te identificas como parte de alguno:
Vas caminando por calle con tu pareja, y os cruzáis con una chica que os llama la atención porque lleva un minivestido a pesar de que, para los rígidos cánones sociales que imperan actualmente, tiene sobrepeso. Tú la miras de reojo, con mirada crítica, y le comentas a tu pareja: “¿cómo puede llevar ese vestido? Alguien debería aconsejarle cómo vestir para disimular su peso.

¿Te has sentido identificado con este ejemplo? Si no es así dame otra oportunidad. Estás comprando en unos grandes almacenes y hay muchos clientes en este momento. Entre ellos está una madre, algo avergonzada, porque su hijo pequeño se está comportando de manera traviesa y está revolviendo toda la ropa a la vez que grita de forma muy escandalosa. Tú, bastante indignado, le dices a la cajera que te está cobrando: “¿ves? Esto es lo que pasa cuando te pasas todo el día fuera y no educas a tus hijos, que los demás lo tenemos que pagar. Si fuera mi hijo ya le habría dado dos cachetes y estaría quieto sin mover un pelo”.
¿Qué crees que estamos haciendo cuándo nos comportamos así? Muchas personas contestarán que simplemente están opinando, pero en realidad lo que estamos haciendo es JUZGAR.

Como personas que somos interpretamos la realidad que vivimos de manera totalmente subjetiva. Empleando una metáfora, podríamos decir que cada uno tenemos nuestras propias “gafas de caminar por la vida”. Pero estas gafas no son iguales para todos, cada uno tenemos un color diferente en los cristales de nuestras gafas. Unos los tendrán más oscuros, otros más claros y otros casi transparentes. El color que toman nuestras gafas va cambiando a lo largo de nuestra vida; normalmente cuando somos niños los cristales son tan, tan transparentes que parece que llevemos unas gafas sin cristales. A medida que vamos creciendo, nuestras experiencias, vivencias, cultura y educación van modificando el color de los cristales y por lo tanto el modo en el que interpretamos la realidad.
Cuando un evento ocurre (sobre todo si este es incorrecto o no encaja con nuestros esquemas) lo analizamos desde nuestro punto de vista (siguiendo con la metáfora, empleando las gafas), por lo que la información que estamos procesando estará sesgada. Solemos creer que nuestra estrecha realidad es válida y aplicable a los demás, por lo que criticamos lo que no encaja con nosotros.
Lo perjudicial de esta situación es que no solemos tener en cuenta las circunstancias de vida (con todo lo que eso engloba) de la persona que estamos juzgando. Siguiendo con el ejemplo que antes he expuesto, nos quedamos simplemente con la idea de que la madre no sabe educar a su hijo, pero no pensamos en las múltiples razones por las que se puede estar produciendo esa rabieta; piensa en esta posibilidad: la familia está atravesando un momento difícil porque el hijo más pequeño de la familia está pasando por una dura enfermedad. ¿Juzgarías ahora a la madre de la misma manera? Probablemente no.

Las personas tenemos una mala manía, que consiste en decirles a los demás qué tienen que hacer, decir o cómo deben pensar. A veces parece como si nosotros supiésemos mejor que ellos mismos sobre que les conviene o es mejor para ellos. Es importante que tengamos en cuenta que las personas hacemos lo mejor que podemos según las circunstancias qué vivimos. A veces se nos olvida, excusándonos tras la idea de que creemos que hacemos bien a los demás.

Juzgando lo que en realidad estamos consiguiendo es reducir a la mínima expresión la maravillosa complejidad humana. Esto lo puedes comprobar con los prejuicios que existen sobre las culturas diferentes a la nuestra. Me viene a la mente una situación que me resulta familiar, a ver si para ti también. En el edificio en el que viven mis padres hace años se mudó una persona de origen árabe. De primeras todos los vecinos le miraron con cierto recelo y desconfianza. Obviamente le juzgaron por un origen y cultura diferentes al nuestro. Recuerdo que un día mientras hablaba con mis padres por teléfono, me cuentan de la existencia de su nuevo vecino. Intentando reproducir las palabras textuales que emplearon: “tenemos un nuevo vecino, es moro, pero es buena gente, ¿eh? Se comporta bien, no molesta, y es muy trabajador”. El pobre nuevo vecino tuvo que esforzarse un poco más para demostrarles a los demás que era digno de su confianza.

Cómo evitar juzgar:

 

En mi opinión para conseguir dejar de juzgar tan alegremente lo primero que debemos hacer es mejorar nuestra propia autoconciencia. ¿Y de qué manera? Pues aceptándonos incondicionalmente, con todo lo que somos. Porque si no te aceptas primero a ti mismo, no podrás aceptar a los demás de manera incondicional, por lo que siempre estarás escudriñando defectos o errores en su comportamiento que confirmen tus ideas.
Para aceptarte incondicionalmente puedes empezar por intentar no ser tan perfeccionista. La rigidez y el exceso de expectativas nos impiden sentirnos satisfechos tanto con nuestro comportamiento como con el de los demás.

Para evitar juzgar también puedes hacer lo contrario, elogiar con más frecuencia. En lugar de esperar más y más de los demás, refuerza cada pequeño paso o gesto. Esto es algo que se nos olvida hacer con demasiada frecuencia. Si te cuesta hacerlo piensa en cómo te sientes cuando a las personas cercanas a ti les cuesta darte una palmadita en la espalda y decirte: ¡lo has hecho muy bien!

Cuando sientas que por tu boca está a punto de salir una crítica, párate y piensa en esto un momento: ¿me estoy poniendo en el lugar de la persona que estoy juzgando? ¿Estoy teniendo en cuenta cómo se siente? ¿Conozco sus cirscunstancias?

Intenta aprender de las personas que juzgas y de sus maneras de hacer las cosas. Si te resulta difícil hacerlo, puedes ponerte en la piel de un niño y observar la realidad cómo ellos lo hacen, con una sana y maravillosa curiosidad. Cuando logres desviarte un poco de tu propia perspectiva descubrirás diferentes visiones de la vida que te enriquecerán y te permitirán desarrollarte  y crecer como persona.